7.4 Entrevista con shah Abbas
(06.07.1618)
Apeado el rey llamó al Enbaxador, y siguiéndole todos los demás se entró con él por la casa, de la cual salieron presto á una huerta, y por la calle que hacían los árboles, que era ladrillada, y por donde corría un pequeño canal de agua, llegaron á un cenador pequeño en cuyo medio había una fuente de agua, y sobre unas esteras bien groseras y pobres que había en el suelo el rey se sentó y mandó al Enbaxador que se sentase cerca de él. Comenzó luego á tratar sobre que no hacían los reyes de Europa guerra al Turco, que es la ordinaria y antigua pretensión que en Persia se ha tenido y sobre que tantas enbaxadas han enviado, también como en Europa para que los reyes de Persia la muevan, siendo iguales y á un mesmo fin las pretensiones que de anbas partes se tiene, porque las fuerzas del Turco se diviertan y dividan.
Decía el rey, que pues el Papa era obedecido de los cristianos como cabeza de su religión, ¿cómo no los convocava, persuadía y juntaua para que poderosamente hicicen guerra al Turco y le despojasen siquiera de lo que tenía en Europa?; pues entonces él la continuaría de manera por sus confines, que se vendría á debilitar y enflaquecer su potencia. Y que pues el rey de España, su hermano, era tan poderoso, había también de ser el principal movedor de esta guerra, no contentándose con el poco daño que le hacía al Turco con sus galeras andando en corso, sino procurar tomar á Chipre, Rodas ó Negroponte.
Esto que el rey de Persia decía, como cosa que le estuviera bien si pudiera efectuarse, no era tanto de impulso suyo como de algunos hombres de Europa de los que andan vagando por todo Levante, queriéndole lisonjear y agradar encareciendo sus fuerzas, con las сuales él solo había podido y hecho más que todos los reyes de Europa juntos.
El Enbaxador, procurando satisfacer al rey lo mejor que pudiese, le respondió que aunque el ánimo del Sumo Pontífice y de sus predecesores fue siempre de que las fuerzas de Europa se juntasen á daño y ruina de la monarchia turquesca, intentándolo diversas veces, no podía efectuarse siempre este buen intento porque no todos los principes cristianos reconocían, ni aun solamente en lo spiritual, al Papa, y que los que en esto como católicos le obedecían por cabeza de la Iglesia, tampoco le tenían reconocimiento temporalmente, y que ni en los unos ni en los otros podía haber tanta unión y conformidad que siendo de un parecer todos se juntasen á hacer una guerra tan lejos de sus casas. Demás de que cada uno de estos príncipes tenían sus fines y pretensiones particulares, no estando siguros unos de otros y moviéndose muchas veces guerra, mayormente los más vecinos y confinantes, ansí por alargar sus límites ocupando los ájenos, como por la variedad de opiniones en las cosas tocantes á la religión. Y que este ejemplo tenía él muy vivamente delante, pues por cada una destas dos causas referidas tenía también, como sus pasados tantos años la tuvieron, tan continua y encendida guerra con los turcos y usbeques, perpetuos enemigos de los persianos, y por el Oriente los unos, y al Occidente los otros tan propíncuos y vecinos á su reyno. Pero aunque esto era ansí, siempre estaban unídas las fuerzas del rey de España su señor, con las del Sumo Pontífice y demás potentados de Italia, y ansí aguardaban ocasión competente para con todas ellas mover poderosamente la guerra al común enemigo. Y que continuamente todos los años, el rey su señor con las galeras de Italia corría los mares de Levante haciendo grandes daños en el señorío del Turco, ansí en sus galeras, como en las marinas de las islas y costa de la tierra firme de Grecia y Berberia, con lo qual se tenía á este enemigo con perpetuo cuidado, ocupando lo mejor de sus fuerzas en defensa de las partes susodichas.
Érale á este rey muy propia y natural [la] arrogancia que siempre se halló en todos los demás de su nación, que junta con el odio y aborrecímiento que tiene al nombre de los francos ó europeos, aunque él más procure encubrirlo, es causa para que muchas veces no se abstenga de alabar jactanciosamente las cosas que prósperamente ha hecho contra los turcos, y de menospreciar las nuestras, diciendo que los sucesos buenos que en la guerra ha tenido los debe á su espada y buena dicha, y no á los reyes de Europa que lo desampararon y dejaron solo con su enemigo y de todos ellos.
Y como no saliese de esta materia ni dejase de hablar de ella por más que el Enbaxador le satisficiese á todo, le vino al cabo á decir que la correspondencia de los reyes amigos había de ser igual por lo que á los unos y á los otros estuviese bien, y que viniendo él á tratar con Su Alteza lo que particularmente al rey su señor tocaba, como Enbaxador suyo, le preguntaba con el rrespecto debido si había jamás movido guerra al Turco sino para cobrar lo que antes de su patrimonio le había ganado, ó para defender lo que le quedaba. Y que siendo esto ansí, y que al rey de España, su señor, no solo no le obligaba la necesidad de la guerra á defender su casa, sino que la hacía en la del Turco, ansí por la enemistad que le tenía como por cumplir lo que le había prometido, que mirase desapasionadamente Su Alteza cual de los dos debía y tenía mayor obligación al otro.
Había, en el ínterin que se hablaba en esta materia, enviado á llamar el rey á un frayle Carmelita descalzo que se llamaba fray Juan Thadeo, vicario del convento que de esta orden hay en Espahan, el cual dos días ó tres después de la venida del Enbaxador había tanbién llegado á Casbin y le tenía en su posada. La venida de este religioso, de más de que el rey le hacía buena acogida en lo público, había sido, á traerle los salmos de Davit y el Testamento Nueuo escritos en lengua persiana y muy bien encuadernados en dos cuerpos, los cuales no le había dado hasta entonces aunque había hecho diligencias sobre ello por medio de Usenbec y del secretario de Estado, Agamir. Y por parecerle al rey que aquella era buena ocasión para admitirle, como se ha dicho, lo había enbiado á llamar con dos fines, á lo que después pareció, el uno, por no dar lugar á que el Enbaxador le hablase, ni en la enviada de Roberto Sirley á España, ni tampoco en lo tocante á lo que había ocupado del reyno de Ormuz, cosa que por ningún caso quería que le hablasen en ella; y la otra, para que el Enbaxador viese las demostraciones que hacía de reverencia [a] aquellos sagrados libros.
Y ansi, sin responder cosa á propósito de lo que ultimamente el Enbaxador le había dicho, barajó y entretuvo la conversación con su acostunbrada astucia y artificio que para todo tiene, hasta que el frayle llegó con sus libros, que luego él abrió y besó con tanta aparencia de devoción como si fuera el más religioso y penitente capuchino de Europa, hasta verter muchas lágrimas. Pero esto, que á todos los que á este rey interiormente no conociesen pudiera parecer un acto de mucho loor y alabanza, juzgó el Enbaxador en él por cosa de todo punto detestable, descubriendo con ello un animo lleno de engaño y maligna simulación. Con todo esto, dando á entender lo contrario de lo que verdaderamente sentía, le alabó su devoción y la mucha opinión que con ella había ganado y adquirido en todo, en toda Europa, favoreciendo nuestra católica y cristiana religión. No dejaba los libros de las manos, aunque ni en su mesma lengua ni en otra no conoce las letras, y teniendo quitado el turbante de la cabeza los ojeaba y revolvía, estando los criados del Enbaxador, que se hallaban bien jun[tos] al cenador, tan admirados que les parecía cosa milagrosa, aunque los suyos, que también estaban cerca, bien satisfechos y siguros de que los engañaba; la omnipotencia de Dios mayores milagros puede obrar, sin comparación, que ablandar y reducir á su verdadero conocimiento el duro y obstinado ánimo de este poderoso rey.
Conforme á la costunbre ordinaria que en Persia se tiene comenzaron los criados y ministros del rey, por orden suya, á tender los manteles delante, que como ya se ha dicho son de una tela de oro y seda á que llaman mileque, y cubrirlos de aquellas tortillas delgadas, blandas y grandes, que por la mayor parte sirven de servilletas, poniendo ansimesmo otros tres ó cuatro géneros de pan sin levadura, pero muy bien cocidos y delgados, y en el ínterin que ponían la comida el rey miró la espada que el Enbaxador traía, la cual era de las que comunmente usan en España, angosta y ligera y la guarnición negra, por llevar aquel día el vestido negro que ordinariamente se trae en Madrid, lo qual visto por el Enbaxador la sacó del talabarte y besándola se la dio.
El rey la sacó de la vaina y la estuvo mirando con grande atención tocándole la punta, y luego se la volvió, dicíendole con gran desden que si peleaban en la guerra con aquellas espadas los españoles; el Enbaxador le respondió que si, particularmente la infantería, pero que la cavallería las usaban mas anchas y menos largas. El rey, con el mesmo desden, mostrando que las menospreciaba, le dijo: ¿esas espadas qué mal pueden hacer? no valen nada; á lo qual le replicó el Enbaxador, conociendo el ánimo con que lo decía: por allá nos sabemos aprovechar de ellas cuando es menester, porque ansí como las cimitarras de los turcos y persianos hacen gran herida de tajo, nuestras espadas matan de punta. A esto no se pudo contener el rey sin acelerarse y decir muy en cólera: y esotros ¿hanse de estar durmiendo que se dejen matar? El Enbaxador, visto que estaba alborotado, le respondió riendo: el peligro de la guerra es igual para todos los que en ella andan, y los que más presteza y fortuna tienen cuando pelean, hacen ventaja á los otros.
El rey con esto se quietó y se comenzó luego el banquete, que no tuvo más compuestos ni sumptuosidad que el de la noche en el cenador del estanque, mudando y trocando el rey la severidad y devoción que antes había tenido en conversación alegre y de pasatiempo, porque brindó al Enbaxador tres ó cuatro vezes, preguntándole si le parecía bien aquel vino. Y como el Enbaxador se lo alabase, aunque sabía tan poco de aquel menester, le dijo que siempre que quisiese enviase por el y por las demás cosas que le diesen gusto; diciéndole el Enbaxador á esto que aceptando aquella merced y favor de Su Alteza enbiaría algunas veces por aquellas hapas ó tortas delgadas, porque eran muy buenas y sabrosas; pero que el vino no lo bebía sino en las ocasiones en que Su Alteza le brindaba. Comía allí fray Juan Tadeo, que aunque tan sobrio, sigun la mucha decencia suya de frayle descalzo, pero como natural de la Rioja suplía las faltas del Enbaxador, y también las de no saber la lengua persiana, entendiendo ya gran parte de ella este Padre por haber estado muchos años en Persia. Continuándose el banquete se hizo mención del vino de España, diciendo el rey que era muy recio y que por esto hacía daño á la cabeza; el Enbaxador le ofreció en esta ocasión un barril de él, que por haberlo traído desde el principio de su viaje estaría ya muy rendido y blando; en reconpensa, habiéndolo aceptado, mandó luego el rey que cada día, los cazadores que con él estaban siempre, matasen en los montes cercanos dos jabalies y los llevasen á casa del Enbaxador.
En el postrer tercio de la comida volvió repentinamente el rey á estar sumamente contemplativo y devoto, de manera que siempre que quería beber, teniendo la taza en la mano y quitado de turbante, ponía los ojos en el cielo rezando por grande espacio y corriéndole en grande abundancia las lágrimas, de manera que continuando esto siempre que bebía, fué forzoso que la conversación, de alegre y festiva que era antes, se trocase en seria y contemplativa.
Después de lo cual preguntó el rey de los daños que las galeras de Su Magestad Católica hacían, porque él había sabido que eran de muy poco ó ningún momento. El Enbaxador le refirió muy por extenso las facciones que sus armadas habían hecho, ansí en Levante como en Berberia, dejadas las demás atrás, todas las de veinte años á aquella parte, desde la presa y saco de la ciudad de Patraso en la Morea.
Y después de haberle dicho el rey que le enviase todo aquello por memoria en lengua persiana, añadió no muy á proposito de lo que se iba tratando, que ¿cómo eran los españoles tan poco conocidos en Constantinopla, pues decía el Chaus que allí estaba que no tenía noticia de ellos, ni sabía quien eran? á lo qual respondió el Enbaxador: ¿cómo quiere vuestra Alteza que un pobre portero de Cali Baxa conozca los españoles, no siendo hombre de guerra?; pero los soldados viejos del Turco muy á costa suya los han conocido muchas veces y los conocen ahora. Y una de las cosas en que más se echa de ver la grandeza del rey mi señor es que teniendo casi todos los principes cristianos y repúblicas de Europa embajadores en Constantinopla, ni él, ni sus predecesores los reyes de España no los han tenido jamás, y ansí como esto es causa para que aun desarmados no nos haya visto ese Chaus, lo es también para que Vuestra Alteza estime y tenga en mucho la amistad de Su Magestad Catholica y de todos sus vasallos, como tan antiguos y perpetuos enemigos de los mayores que Vuestra Alteza tiene.
A esto pareció que el rey había hecho buen rostro; solo dijo que el Chaus, á quien él llamaba embajador, era maestresala del Gran Turco, pero no quiso el Embajador replicarle á ello, más de reirse, aunque quisiera que entonces volviera á hablar en algo de lo pasado para tener ocasión de tratar en las cosas del reyno de Ormuz; más él, como provido y sagaz, siendo materia de que tanto huía solo prosiguió la que había dejado, spiritual y devota y acompañada de las mismas lágrimas, con que se dio fin al banquete. Y como todabía no se acabase y encareciese mucho el respecto que había siempre tenido y guardado á los templos de los cristianos y sus imagines, tan al contrario de lo que de él se sabía, le dijo el Enbaxador que con razon era tenido por cabeza de su religión, pues siendo ordinariamente la conversación después de haber comido, de cosas festivas y de entretenimiento, Su Alteza, dando con ello ejemplo á los cristianos francos que allí estábamos, la continuaba y proponía de nuevo de las que eran tan divinas y spirituales, y esto era ansí, porque habiendo dicho grandes alabanzas de Nuestra Señora las dijo después, cosa que los persianos y demás mahometanos no suelen hacer, de la humanidad de Cristo nuestro señor.
Cuando le páreció tiempo al rey se levantó para irse y el Embajador quiso entonces que le mostrasen á Thamas Bec, hijo de Emir Golican, que dos años antes había defendido valerosamente á la fortaleza de Ervan, de los turcos, ansí por la reputación de buen soldado que en aquel peligroso sitio su padre había ganado, y en aquel tiempo también estaba en defensa suya, como por ser este mozo ansimesmo muy valiente soldado y muy querido y favorecido del rey. Y como este mancebo llegase á hablar al Enbaxador, el rey, después de haber alabado mucho á su padre le dijo que no trataba á Tamas Bec como á hijo de su padre, aunque por ello merecía tanto, sino como á su hijo propio.
Preguntó también el Embajador por Thamur, un soldado viejo de mucho valor de quien desde Xiras tenía particular noticia por haber servido muchos años en la guerra, siendo el grande Alaverdechan su capitán, á quien él libró de conocido peligro de muerte en una gran batalla que en el reyno de Corassan tuvo con los tártaros. Era este honrrado y buen soldado, al parecer, de cinquenta años de edad, y de una muy venerable y militar presencia, alto de cuerpo, moreno y con la nariz muv corva, echándose bien de ver en su talle lo que del se publicaba, y ansi, no obstante que tenía en Xiras con que vivir conmoda y descansadamente, el rey lo traía sienpre muy honrrado y estimado acerca de su persona.
Subió el rey á caballo con el Embajador, que le quiso acompañar hasta su huerta, pero como hubiesen salido del Maydan y llegado á una travesía por donde se iba á la posada del Embajador, no consintió que pasase de allí, sino que luego se fuese á ella.
(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo IV, pp. 98 – 107)
Page loading Error:
Possible yuor browser doesn't support Java/Script. Check current settings.
Ошибка при загрузке страницы:
Возможно, ваш браузер не поддерживает Java/Script. Проверте текущие установки.